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Los independentistas, ya sea en Escocia, Cataluña, Quebec o en cualquier otro lugar, invariablemente creen que una persona debe ser o escocesa o británica, o catalana o española, o quebequesa o canadiense. ¿Y que pasa con los que sienten que son ambas cosas? En los casos en que los pueblos han convivido en paz, la secesión se convierte en el peor pecado de la política

Dos destacados politicos británicos recientemente me pidieron consejo sobre cómo parar la creciente oleada de independentismo en Escocia. Lo más intimidatorio –amenaza de excluir de la libra a Escocia o de excluir a Escocia de Europa- había fracasado. Querían saber qué era lo que había salvado la causa de Canadá durante el referéndum de Quebec en 1995 cuando los secesionistas se quedaron a un punto porcentual de la victoria.

En el caso canadiense, les expliqué, se realizaron sentidas súplicas para continuar unidos. Miles de anglófonos de fuera de Quebec fueron a Montreal la semana anterior al referéndum para proclamar su aprecio a los quebequeses. Pero Canadá sobrevivió, por un margen estrechísimo, no porque el afecto mutuo fuera reavivado, sino porque un consenso más sereno se impuso.

Ambos lados se dieron cuenta de que las dos naciones podían coexistir en el mismo estado una al lado de la otra. Esta coexistencia sin amor continúa haciéndonos tirar adelante hasta el momento. Votaciones recientes en Quebec indican que , mientras el 60 por ciento de las generaciones más jóvenes rechazan el separatismo, sólo un 30 por ciento de ellos expresan algún tipo de fuerte identificación con Canadá. Quebec es la dueña en su casa. Tiene autonomía, “devo max”, como la llaman los escoceses. Esto junto a un escalofrío común al pensar en volver a pasar el mal trago de un nuevo referéndum , mantiene a Canadá unida. Vivir el referéndum una vez ya fue suficientemente divisivo.

Esto es lo que les dije a los políticos británicos, pero me pareció que había infravalorado mis propias convicciones. Soy un canadiense de habla inglesa pero toda mi familia -exiliados rusos y los canadienses con los que se casaron- está enterrada en Quebec y si Quebec se separase yo me sentiría partido en dos. Por esta razón mi creencia en estados multinacionales, y multiétnicos, no sólo en Canadá, sino también en Gran Bretaña, España , la antigua Yugoslavia y ahora en Ucrania, ha sido siempre una pasión para mí.

Creo que estados como los citados muestran que la gente que habla diferentes lenguas, que profesa diferentes religiones y que son herederos de historias dolorosamente diferentes pueden compartir instituciones y defender libertades democráticas juntos.

Cuando veo a escoceses o catalanes pensando en romper una unión, siento lo que un poeta llamó un “ tirón desgarrador en el pecho ”. Me siento involucrado emocionalmente en la superviviencia de todos los experimentos multiétnicos, multinacionales y multiconfesionales en el seno de la libertad democrática.

No es que no respete el llamamiento visceral del sentimiento nacionalista: el deseo de ser el dueño de uno mismo en su casa, de sentirse en casa entre los compatriotas, que como Iasiah Berlin dijo, entienden no sólo lo que dices sino también lo que quieres decir. Al igual que Berlin , nunca he pensado que el liberalismo y el patriotismo nacional deban ser enemigos o que el único buen liberal haya de ser cosmopolita. La creencia en la libertad liberal y en la democracia siempre es una creencia en un lugar concreto, en un hogar nacional con historias que sólo aquellos que han nacido en un lugar o que adoptan la nacionalidad pueden esperar llegar a entender.

No, mi oposición visceral a los proyectos de independencia de Escocia, Cataluña, Quebec y otros no es una oposión al nacionalismo, sino a la secesión – a la fractura de sistemas políticos que , sin violencia, han posibilitado que los pueblos convivan unidos. Pues la fractura no sólo quiebra una unión política, fuerza la separación de identidades compartidas que las personas como yo albergamos en nuestra alma.

Los independentistas, ya sea en Escocia, Cataluña, Quebec o en cualquier otro lugar, invariablemente creen que una persona debe ser o escocesa o británica, o catalana o española, o quebequesa o canadiense. ¿Y que pasa con los que sienten que son ambas cosas? Sé que no puedo compartir el mismo sentimiento de ser una minoría que mis amigos quebequeses sienten, pero sé que la tierra de Quebec, su lengua, su frío invierno y sus lánguidos veranos son parte de quién soy yo.

No soy tan excepcional. Hay cientos de miles de escoceses que reconocen lo inglés, irlandés o galés como parte de su ser. Las vidas y destinos están entrelazadas de manera similar en Cataluña y España, en Ucrania y en Rusia. Lo mismo era cierto en la antigua Yugoslavia, donde en la década de los 90 las mujeres con nombres croatas y maridos serbios solían preguntarme con lágrimas en los ojos por qué los nacionalistas les estaban forzando a elegir entre partes de su ser.

Este es el pecado moral del separatismo. Los políticos separatistas, que desean ser presidentes o primeros ministros de pequeños países, fuerzan a sus compatriotas a tener que escoger entre alternativas que no debieran escoger, a elegir entre identidades que han combinado, cada uno de una manera única, y ahora las observan desgarradas – una parte de ellos lanzada a un lado de la frontera, y la parte restante, herida, al otro lado. Si Escocia llega efectivamente a independizarse, habrá muchas almas partidas al día siguiente.

Yo no afirmo que la secesión nunca esté justificada. Cuando se ha derramado sangre la gente lucha para liberarse del yugo. Pero allá donde, como en el caso del Reino Unido, Canadá, España y Ucrania, los pueblos han coexistido, quizá no siempre en total justicia pero sí en paz, la secesión se convierte en el peor de los pecados de la política, un sufrimiento infligido de origen político y de manera gratuita sobre pueblos que no quieren ser forzados a elegir.

Tampoco voy a manifestar que el estatus quo constitucional de España, Canadá y el Reino Unido no pueda ser mejorado. Cambios adicionales pueden ser necesarios en cada caso. Lo que sí que creo es que estos estados funcionan porque no fuerzan a pueblos libres a elegir entre identidades. Les permiten ser escoceses o británicos, canadienses o quebequeses, españoles o catalanes en cualquiera de los órdenes que cada ciudadano elige. Este es el valor moral que redime a los estados multinacionales, la libertad de pertenecer, de ordenar las lealtades predilectas como se crea más oportuno.

Si se destruye esta libertad – y la secesión efectivamente la destruye- Escocia podrá ser soberana, pero sus gentes serán más pobres debido a ello. Espero que los que creen en la unión empiecen a esgrimir este argumento con la merecida pasión.

«A secessionist lust for power that tears lives asunder», Financial Times, 27 de junio de 2014

El escritor, que anteriormente fue un político canadiense, es profesor en la Escuela Kennedy de Harvard.

Traducido por Aida López Edo

 

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