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El largo ciclo de crisis económica, sumado a los casos de corrupción que han minado los partidos tradicionales, en particular de la Europa del Sur, ha roto el tradicional eje ideológico izquierda-derecha y ha visto emerger dos nuevos ejes: el identitario, al que se adhieren los nacionalpopulismos de diverso signo, y el eje de la renovación. Al mismo tiempo se produce una paradoja: a la creciente complejidad de la política se responde con una simplificación de los mensajes, y en ese ciclo perverso la nueva política es capaz de fijar mejor el relato

Jean-Claude Juncker es uno de los representantes de la llamada vieja política. Por ideología, edad y recorrido: es democristiano, tiene 60 años y fue primer ministro de Luxemburgo durante casi dos décadas (1995-2013). Ahora dirige la Comisión Europea como resultado de una gran coalición a la alemana entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, de la que Martin Schulz es el otro puntal. Desde esta óptica, no es de extrañar que Juncker -en una reunión a puerta cerrada del Partido Popular Europeo (PPE)- hiciera la siguiente valoración sobre el líder de Syriza y actual primer ministro griego: «Alexis Tsipras es como un estudiante de medicina de primer curso que intenta hacer una operación a corazón abierto». La sentencia, más allá del tono paternalista, refleja los interrogantes que plantea el triunfo de la izquierda radical de Syriza como paradigma de la tentación de la nueva política: dar respuestas simples a cuestiones complejas. En todo caso, como escribí tras las elecciones del 25 de enero, Grecia se ha convertido en el laboratorio de un cambio de ciclo político en la Europa del Sur y está por ver cuál será su efecto contagio en las próximas citas electorales, sobre todo en España, donde Podemos intenta coger el testigo de la renovación iniciada en Atenas.

Entre tanto, una primera respuesta en negativo la encontramos en Italia: el Movimiento 5 Estrellas (M5S), de Beppe Grillo, fue la primera fuerza en rentabilizar electoralmente el descontento hacia la vieja política. En las legislativas de febrero del 2013 obtuvo casi 8,8 millones de votos (108 diputados y 54 senadores). Dos años después, aquella renovación no sólo no se ha traducido en acción de gobierno -Grillo decidió no entrar en la política de pactos-, sino que el M5S ha ido perdiendo fuerza -deserción de una veintena de diputados y otros tantos senadores- y apoyo electoral: retroceso de cuatro puntos en las europeas del 2014. El sociólogo Domenico De Masi ha resumido así el fenómeno: «El M5S es hijo de la ausencia de modelo. Son en su mayoría jóvenes, descontentos con la situación actual, a la búsqueda de un gurú que les marque una estrategia, pero este gurú sabe sólo la táctica. Sabe indicar las batallas, pero no la guerra. Y esta es su tragedia. Estos jóvenes flotan sobre una fuerza sin potencia. Y es una desgracia, porque son la fuerza intelectualmente más honesta. Beppe Grillo se ha encontrado con que tiene que gestionar la fuerza más combativa sin tener una estrategia. Es un marinero que no sabe adónde quiere ir» (El País, 8/II/2015).

En este contexto, el largo ciclo de crisis económica, sumado a los casos de corrupción que han minado los partidos tradicionales, en particular de la Europa del Sur, ha roto el tradicional eje ideológico izquierda-derecha y ha visto emerger dos nuevos ejes: el identitario, al que se adhieren los nacionalpopulismos de diverso signo, y el eje de la renovación. Este tercer eje, que tiene como vectores las llamadas vieja política y nueva política, no sólo ha favorecido la entrada en escena de nuevos actores, sino el progresivo cambio de caras en los partidos del sistema. El problema de fondo, sin embargo, no es sólo ideológico; tiene que ver también con la disfunción entre el relato político y las exigencias de los nuevos formatos mediáticos. La democracia, entendida como la forma civilizada de resolver los conflictos, afronta en las sociedades europeas del siglo XXI una mayor diversidad -social, cultural, étnica, religiosa…- y debe responder al reto de administrar mejor la complejidad, pero los formatos con que debe hacerlo son cada vez más inmediatos, simples, emotivos y espectaculares. Se produce, por tanto, una paradoja: a la creciente complejidad de la política se responde con una simplificación de los mensajes, y en ese ciclo perverso la nueva política es capaz de fijar mejor el relato.

Desde esta lógica, como expliqué en La mirada del otro (RBA, 2011), los medios de comunicación se erigen en modernas catedrales emocionales, en expresión del filósofo Michel Lacroix -y también mezquitas emocionales-, construidas con una argamasa de espectacularización de la información y de culto de la emoción, y los periodistas somos los nuevos arquitectos. Se trata de un fenómeno que contamina toda la información y todos los formatos. Asistimos también al peso creciente de la llamada democracia de opinión y del dictado de la demoscopia, así en los medios como en la política: los índices de audiencia son el equivalente a las encuestas de opinión (omnipresencia de los sondeos, obsesión por la comunicación y dictado de la emoción en detrimento del análisis). En resumen, y como apuntaba, todo se quiere inmediato, simple, emotivo y espectacular, en contraste con una realidad social cada vez más compleja. Si la democracia exige siempre un debate contradictorio, en tiempo y forma, ahora esa exigencia debería ser aún mayor.

Recuerdo una vieja máxima del periodismo que decía: «Las opiniones son libres; los hechos son sagrados». Hoy se invierten los términos de la oración: «Las opiniones son sagradas; los hechos son libres». Los fast thinkers o pensadores rápidos, como dejó escrito Pierre Bourdieu, han sustituido a los analistas críticos. Incluso en España la televisión pública hizo un programa a su medida: 59 segundos. Y en esa disfunción entre la complejidad del relato, resultado de una sociedad cada vez más plural, y la simplificación de las respuestas, fruto del imperativo de los nuevos formatos, está una de las claves de los males que aquejan a la vieja política. Siempre será más fácil en un minuto de televisión -o en los 140 caracteres de un tuit- abonar la deriva demagógica y populista que restaurar los valores de referencia… Quizás ahora se entienda algo mejor por qué muchos de los actores de la nueva política han surgido de los platós de televisión

La Vanguardia, 21 de marzo de 2015