EditorialGeneralOpinión

Después de un proceso largo, se ha formado un gobierno de coalición entre el Partido Socialista y Unidas Podemos, presidido por Pedro Sánchez, con el apoyo de diversas fuerzas territoriales menores y la abstención decisiva de ERC (pero con el voto en contra del PdeCat).

El trabajo que este gobierno tiene por delante es un trabajo inmenso, por sus dimensiones y por su complejidad, como inmensa es la oposición que podemos esperar de las fuerzas políticas de la derecha, PP, Vox y Ciudadanos (así como algunos partidos territoriales menores), que pusieron de manifiesto ya desde la propia sesión de investidura una oposición llamativa, grosera y por momentos violenta contra el nuevo gobierno.

Es inútil especular sobre el tiempo innecesariamente perdido tras las elecciones del pasado mes de abril, cuando ya se podía haber hecho lo mismo que se ha terminado por hacer, pero en unas condiciones políticas y ambientales mucho mejores, con una mayoría parlamentaria más amplia y con una derecha con una composición interna diferente: aunque aparentemente se hubiera podido hacer en primavera lo que se ha hecho ahora, las cosas y las situaciones debían madurar, y este proceso toma su tiempo.

Por lo tanto, ningún reproche: la formación de un gobierno de coalición de izquierdas, con una compleja integración de dos partidos (o tres, si contamos Izquierda Unida), y con el apoyo de partidos territoriales situados, en general, a su derecha, es una noticia excelente.

Lo es, en primer lugar, por qué liquida la etapa de hegemonía del PP, que a lo largo de una década ha combinado políticas sociales reaccionarias, políticas de retroceso económico, una política territorial e institucional que generaba más problemas de los que resolvía, y todo aderezado en una niebla de corrupción y de medidas autoritarias que en algunos momentos ha despertado una enérgica protesta ciudadana.

Es en segundo lugar un gobierno de coalición, formado político que no se conoce a escala del Estado, aunque es el más frecuente en nuestras Comunidades Autónomas y en los países de nuestro entorno. Sin hacerse más esperanzas de las precisas, un gobierno de coalición asegura mayorías más amplias y políticas más estables, a la vez que genera hábitos de relación entre partidos más basados en el diálogo, más civilizados que el griterío despeinado de las derechas.

Y es finalmente un gobierno de izquierdas, quizás en mayor medida que gobiernos conocidos anteriormente en nuestro país, aunque, como muestra el programa de gobierno acordado, ni la coyuntura económica ni los recursos disponibles permiten esperar ningún tipo de radicalismo. Quizás la orientación izquierdista se notará más en el estilo político o en medidas de carácter “cívico”, desde la educación hasta la lucha contra la violencia de género pasando por una mayor sensibilidad hacia la defensa de las libertades, que no en una reorientación sustancial de las macro-políticas sociales y económicas.

El último dato, última pero esencial, es la revisión de la política territorial. Las sucesivas sentencias y resoluciones judiciales de los últimos meses han hecho subir la temperatura de la situación catalana, a la vez que han aumentado las diferencias entre los diversos sectores separatistas, que están situándose cerca de la crisis política seria. A la vez, la significación del nuevo grupo “Teruel Existe” o el peso cuantitativo y cualitativo del PNV, o la relevancia de Compromiso o de los grupos canarios o cántabros (a pesar de su voto negativo) pone encima de la mesa la necesidad de una revisión amplia de todo el marco político autonómico, empezando por el sistema de financiación (caducado y pendiente de revisión desde el 2014). En estas condiciones, el “problema catalán” es seguramente el más agudo pero no el único, y muestra como, en el diálogo es el primer paso indispensable para cualquier solución política, este diálogo debe incluir más actores y más problemas que los que se han implicado en el “procés”. Y aunque los documentos del nuevo gobierno no planteen ninguna transformación rápida en un sentido federal, es evidente que la mayor sensibilidad a la diversidad territorial es un elemento clave para caracterizar la nueva etapa política.

Federalistes d’Esquerres debemos sentirnos sumamente satisfechos con la formación y con la orientación de este gobierno, y lo tenemos que decir sin complejos: este gobierno es nuestro. ¿Que no tiene un proyecto de reforma inmediata de la Constitución en clave federal? ¿Que la política izquierdista no incluirá inmediatamente medidas radicales? Esto ya lo sabíamos: ni la dinámica parlamentaria, ni la mayoría política, ni las inercias jurídicas, ni la realidad económica no lo permiten.

Tendremos que estar al acecho y, si es del caso, replicó con energía ante posiciones maximalistas, a las que algunos sectores pueden ser propensos, reclamando una mayor radicalidad; sectores que no tarden en repetir el “no es esto, no es esto” de los años 30, o el “desencanto” de los años 80. Es demasiado fácil, y ha sido demasiado frecuente, una actitud “finolis” (si nos permitís la expresión) que, bajo una apariencia de mayor exigencia o de más enérgica orientación a la izquierda, acaba por abandonar el terreno y lavarse las manos, ante las dificultades de transformación de lo real, con los medios disponibles.

E igualmente tenemos que lamentar la toma de posición y el estilo político de las derechas españolas: desaprovechando la oportunidad que la nueva situación de fragmentación parlamentaria les da para adoptar estrategias políticas más flexibles, más europeas y más propias de nuestro tiempo, han optado por una estrategia de bloque compacto, en el que nadie se atreve a un gesto de aproximación a la nueva situación política ni la implicación en nuevas propuestas y nuevas maneras de abordar los problemas. Y como no puede ser de otra manera, la estrategia de bloque le da el papel dirigente a los sectores más llamativos y más tremendistas de las derechas: no es ninguna buena noticia que el PP o Ciudadanos se muevan a remolque de Vox. También tenemos una responsabilidad en ver cómo se puede “estirar” algunos sectores de las derechas hacia posiciones más constructivas, más atentos a buscar soluciones para los problemas, en lugar de magnificarlos para generar bloqueo político.

Federalistes d’Esquerres, como organización políticamente plural que aspira al surgimiento de un movimiento social de transformación de Cataluña, de España y de Europa, en clave de progreso y de federación, debe hacer todo lo posible para contribuir a la el éxito de la acción del nuevo gobierno y para apoyar sus iniciativas, siendo muy conscientes de que las condiciones políticas de su nacimiento y de su puesta en marcha son extremadamente complejas, pero son las que, con su voto, ha querido la ciudadanía. Trabajaremos para que en los tiempos que vienen, nuestras acciones y nuestras iniciativas contribuyan a generar una mayoría social y política más amplia.

 

Federalistes d’Esquerres