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Mi hija más joven, de siete años, me preguntó el otro día a quién daba yo apoyo. Ahora es prácticamente imposible dejar a los niños a un lado.Es muy tentador explicar qué está pasando en el lenguaje de los dibujos animados de los niños. Qué fácil parece la vida cuando simplemente repetimos eslóganes sin comprender el significado que transmiten, cuando las realidades altamente complejas están fijadas en simples términos binarios y mutuamente excluyentes. (The Guardian, 15 Octubre 2017. Traducción de Francesc Trillas)

Llegué a Cataluña en el verano de 2010, durante los años difíciles de la crisis económica: un mal momento después de 15 buenos años en Inglaterra e Italia. Mi lugar de origen es Alicante, una ciudad de tamaño medio más al sur, sin sentimientos patrióticos fuertes, al menos hasta donde recuerdo. Tengo un pasaporte español y hablamos español en casa, así que esto puede hacer de mí una española.

Mis vínculos con este sitio son buenos amigos y colegas, los bosques mediterráneos por donde paseamos a menudo, sabores de tomates, cielos brillantes y un mar azul. Somos una familia de cuatro, con cuatro países diferentes de nacimiento. La casa es donde vivimos. Y la casa cambia. También soy de izquierdas. Apruebo los valores universales de igualdad, justicia y solidaridad. Hay poco mérito en esto, lo admito, pero intento vivir mi vida en consecuencia. Mis hijos van a una escuela pública, usamos el transporte público y somos visitantes frecuentes de las bibliotecas y parques públicos.

Hace dos semanas no voté. Estuve en gran disconformidad con la forma en que el gobierno de coalición de Cataluña (una mezcla muy extraña de status quo de derecha y anarquismo) avanzaba para aprobar un referéndum y la posterior declaración unilateral de independencia. Todo esto no respetó las reglas institucionales y legales del juego, no sólo las de España, sino también del estatuto catalán que requiere una mayoría de dos tercios en el Parlamento.

El referéndum no había tenido -no podía tener garantías democráticas mínimas. En este punto estaban de acuerdo diversos partidos políticos de diferentes tendencias, incluso el principal partido pro-referéndum. Entonces se produjo todo un espectáculo de jueces y policías enviados a Barcelona en busca de urnas y papeletas de votación. Las escenas fueron bastante patéticas y habrían tenido un aire cómico, si no fuera tan grave.

En este contexto complejo, los que tenemos una visión crítica sobre los hechos y las palabras de los gobiernos catalán y central nos quedamos cada vez más sin un espacio “intermedio” y forzados a tomar posición.

Mi hija más joven, de siete años, me preguntó el otro día a quién daba yo apoyo. Ahora es prácticamente imposible dejar a los niños a un lado. Encontrándome en dificultades para elegir las palabras, probé con una cuerda. “Cógela sin fuerza”, dije. “Es como un columpio”, respondió. “Ahora cógela fuerte y di qué pasa con aquellos que se mueven”. “Se caen”, dijo. Ella lo había entendido. Quizá demasiado bien.

Es mucho más difícil con los niños mayores. Este mes, los compañeros de mi hija mayor, en su escuela de secundaria -tiene 14 años- firmaron una hoja de papel proponiendo una huelga para defender “el derecho universal de los catalanes a celebrar un referéndum para decidir sobre el futuro de su país “. Le pedí que no firmara. No salió aquella tarde para unirse a sus amigos que, envueltos con la bandera de apariencia revolucionaria, se manifestaban en Barcelona para la democracia y el derecho al voto.

Me quejé al director de la escuela por implicar a los niños en un acto político, por no respetar la diversidad de opiniones, por ponerlos bajo una presión insoportable. Su respuesta fue que el órgano de gobierno no hizo nada, la institución era neutral y que no podía ser responsable de lo que otros profesores dicen o hacen en sus aulas. Claro.

Las escuelas primarias, incluida la nuestra, estaban ocupadas por familias que querían votar. No me enfrenté a nadie por eso, incluso comprendí la forma en que se burlaban de las reglas de una manera pacífica e ingeniosa. Pero me pregunté si al menos alguno de ellos se dio cuenta que estaban utilizando un espacio público que nos pertenece a todos. Esta es una pregunta bastante inútil estos días.

Sin embargo, estos espacios de enfrentamiento no existen en entornos privados. Durante toda la semana pasada, la costosa escuela internacional al lado de nuestra casa ha abierto como de costumbre. Las escuelas privadas de Cataluña, donde presumiblemente la mayoría de los líderes políticos envían a sus hijos, ofrecen a las familias la oportunidad de recibir una educación en su lengua materna, ya sea catalana, española, alemana o inglesa, aceptando una transmisión ausente en las escuelas públicas. Es bastante sorprendente como algunos grupos y lugares soportan mucho más que los otros los costes de las divisiones políticas y sociales.

La narración que ha surgido en la televisión local durante las últimas semanas ha sido de puro nacionalismo. Se transmitió que España era un estado represivo. El principal canal de televisión pública de Cataluña se acercó a explicar a los niños lo que pasó en términos de la mala policía española contra los buenos polis catalanes.

¿Es esta la mejor manera de condenar el uso de la fuerza? me pregunté. Mostré a mis hijos imágenes de policía muy similares en uniformes idénticos en Washington DC, Hamburgo, Génova o Barcelona hace unos años. Estaban desconcertados y era algo doloroso de hacer, pero, ¿cuanto más podemos aspirar a rechazar colectivamente esta vergonzosa manifestación de poder por parte de las autoridades?

Es muy tentador explicar qué está pasando en el lenguaje de los dibujos animados de los niños. Qué fácil parece la vida cuando simplemente repetimos eslóganes sin comprender el significado que transmiten, cuando las realidades altamente complejas están fijadas en simples términos binarios y mutuamente excluyentes. Los conceptos dejan de ser las unidades del pensamiento cuando los sentimientos llegan tan altos. La secuencia de eventos que nos cuentan, y especialmente a nuestros hijos, constituyen siempre la misma narrativa unánime: una narración poderosa y magnética que no tiene una fuerza en dirección contraria.

No sé qué pasará a partir de ahora. En el momento de escribir, el futuro se ve tan incierto como en las últimas semanas, aunque muchos de nosotros estamos desesperados por ver signos de una desescalada que nos permita continuar con nuestra vida, volver a cenar con la familia, tener tiempo para cuidar unos de otros, para pensar y para dormir. No quiero que este conflicto territorial siga robando tiempo, espacio y energía que deberíamos dedicar a la lucha contra la pobreza, el paro o las desigualdades sociales.

Pronto deberíamos ser capaces de levantar nuestras cabezas para darnos cuenta que llueve muy poco; para darnos cuenta del clima extraordinariamente cálido que hace para esta época del año.

Marga León es profesora de la UAB

What do we tell our children about the chaos that grips Catalonia?  The Guardian, 15 Octubre 2017