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Razones para no votar. Las de quienes creen que en un mundo donde los principales desafíos –desigualdad, terrorismo, cambio climático…– son globales y reclaman estrategias solidarias, lo urgente no es dividir, sino sumar. O los de quienes creen que iniciar un proceso de ruptura con España (y, por ende, con la Unión Europea) aboca a déficits y conflictos tan lesivos como duraderos. Otra razón: no tiene sentido, salvo para sus promotores, votar en un referéndum convocado sin consenso y recontado sin garantías; y menos en un país cuyos habitantes son llamados a las urnas cada cuatro años, cuando no de modo anticipado, en legislativas, autonómicas o municipales

El sí toma la calle. Este fue el titular de portada de La Vanguardia el día 12, tras la manifestación del Onze de Setembre a favor del sí en el 1-O. No podría decirse lo mismo de las campañas por el no o por no votar (que no debe confundirse esta vez con la abstención), acaso porque sus altavoces son mucho menos potentes. Pese a que más de la mitad de los votantes no optó en las últimas elecciones por partidos independentistas. Y pese a que la campaña del sí reiniciada este viernes se anuncia ruidosa. Eso me lleva a recordar que el 1-O hay tres opciones –votar sí, votar no y no votar– y que todas tienen sus razones. Por ejemplo:

Razones para votar sí. Algunas son ya antiguas, como aquel fundacional, y matizable, “España nos roba”. Otras, como la resumida en la expresión “el Estado ha perdido el respeto a los catalanes”, tienen base tangible y siguen por desgracia vigentes. (Y, digámoslo todo, últimamente se abonan también desde aquí, a golpe de desatino). Otras razones: el Estado parece incapaz de dar una respuesta política a las peticiones catalanas, pese a las reiteradas manis del Onze de Setembre. El Estado sólo sale de su hieratismo para activar sus cloacas, azuzar altos tribunales o anunciar inhabilitaciones y sanciones. El Estado no hace nada para combatir el extendido y endémico sentimiento anticatalán; al contrario, diríase que a veces lo estimula. Más razones de los partidarios del sí: no apetece formar parte de un país cuyo presidente del Gobierno, que debería tener la mente más despierta, ignora que debe anticiparse a los problemas en lugar de dejarlos pudrir. Otra: tenemos prisa. Otra: el Estado ya no sabe o no quiere negociar.

Razones para votar no. Ignorar que estamos ante un referéndum ilegal, o que el voto del no, minoritario dada la organización partidista de la consulta, servirá ante todo para dar relieve y legitimar al del sí.

Razones para no votar. Las de quienes creen que en un mundo donde los principales desafíos –desigualdad, terrorismo, cambio climático…– son globales y reclaman estrategias solidarias, lo urgente no es dividir, sino sumar. O los de quienes creen que iniciar un proceso de ruptura con España (y, por ende, con la Unión Europea) aboca a déficits y conflictos tan lesivos como duraderos. Otra razón: no tiene sentido, salvo para sus promotores, votar en un referéndum convocado sin consenso y recontado sin garantías; y menos en un país cuyos habitantes son llamados a las urnas cada cuatro años, cuando no de modo anticipado, en legislativas, autonómicas o municipales. Otras razones: no querer un país donde la mayoría parlamentaria no respeta los derechos de la minoría y dinamita el ordenamiento legal acordado por todos los ciudadanos para imponer el suyo, según se vio en el Parlament en el trámite exprés de las leyes del Referéndum y de la Transitoriedad. No querer un país donde la mayoría que hace eso se presenta, encima, como campeona de la democracia, aún reduciéndola a la posibilidad de votar en su referéndum. No querer un país donde el poder prefiera la astucia al derecho. No querer un país donde la política nacionalista ha entregado las instituciones que a todos deben representar a activistas que sólo trabajan para una parte. Verbigracia: no querer un país donde ahora sea presidente Puigdemont, vicepresidente Junqueras, presidenta del Parlament Forcadell y portavoz de la mayoría Turull, activistas que desdeñan el pluralismo. Y, con mayor motivo, no querer que mientras los mencionados prodigan tediosas declaraciones, un núcleo aún más activista, más secreto y menos fiscalizable les marque el ritmo. Otra: no querer depender del grupo minoritario y destroyer de la CUP. Otra: el Gobierno español es insensible a la reclamación catalana, pero eso no justifica que debamos separarnos de los españoles, sino que hay que relevar al Gobierno. Última y simétrica: la Generalitat ya no sabe o no quiere negociar.

Conclusión. Observará el lector que aparecen en esta nota más motivos para no votar que para votar sí, y pocos para votar no. Eso significa que las políticas seguidas por los partidarios del sí me parecen poco satisfactorias y menos prioritarias. Pero se equivocarán quienes lo interpreten como un apoyo al incapaz Rajoy. Aunque ocurrirá: sectarios y doctrinarios no toleran la discrepancia, sólo admiten adhesiones incondicionales. Pero mientras no nos persigan y silencien por discrepar, es obligado tratar de reconocer la complejidad de la situación y exponer sus claroscuros. La lógica del choque considera que el “conmigo o contra mí” es la única vía. No es así. No, al menos, en este caso. La prueba es que algunas razones para votar sí son comprensibles y exigen respuesta del Estado. Pero esta vez, y dadas las condiciones impuestas, las razones para no votar pesan más que las del sí.

«Votar sí o no votar» (La Vanguardia, 17 de septiembre de 2017)