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No sé qué pasará de aquí al 2 de octubre y me parece que no lo sabe nadie, pero en todo caso, lo que está sucediendo desde hace cinco años es ya un sacrificio para la ciudadanía. Recursos económicos, políticos, emociones, energías… al servicio de un procés cuyo futuro inmediato es algo, el “choque de trenes”, que no sabemos qué es, pero muy tranquilizador no suena. Y déjenme hacer una pregunta tonta: todo eso ¿para qué?

Busco respuestas en la campaña del sí. Encuentro un cartel y una serie de vídeos. En el cartel figura, bajo el imperativo “Escombrem-los!”, una señora barriendo al Rey, la infanta Cristina, Rajoy, Aznar, Patricia Botín, Rouco Varela, un torero… Los vídeos empiezan: “Si votas sí, no podrás…” y siguen: “pagar los impuestos a Montoro”, “financiar la Fundación Francisco Franco”, “celebrar el día de la Raza”… Todo lo cual me parece estupendo, sólo me suscita otra pregunta tonta: una vez barrido todo esto, ¿qué piensan poner en su lugar? ¿Pretenden nacionalizar los bancos? ¿Sólo el Santander? ¿Negar un visado a la señora Botín? ¿Disolverán la Iglesia católica? ¿Eliminarán los impuestos, o los pagaremos en otra ventanilla? ¿Suprimirán la fiesta nacional, o sólo la trasladarán del 12-O al 11-S…?

Nadie puede simpatizar más que yo con la idea, por ejemplo, de “barrer el patriarcado”, como dice que quiere hacer la CUP, sólo que no acabo de entender qué tiene que ver eso con la independencia. ¿Por qué sería feminista una república catalana? ¿Por ser república? También lo son Polonia y Afganistán. ¿Por ser catalana…? Hay quien tiene verdadera fe en la bondad intrínseca de Catalunya, que sería por naturaleza igualitaria, tolerante, democrática y sin pecado concebida, pero yo, la verdad, no lo veo. Catalunya ha sido en el pasado desigual, fratricida, intolerante, machista, y lo es también en el presente, o no menos que Andalucía o Galicia. ¿Por qué debería ser distinta en el futuro?

Yo estoy dispuesta a asumir sacrificios a cambio de un programa cuyos fines comparta, y que me diga concretamente cómo proponen alcanzarlos: qué harán con la desigualdad, el paro, el yihadismo o el cambio climático. Pero si todo lo que me ofrecen es lo que llamamos en catalán fer botifarra (en castellano, corte de mangas) a todo lo que no nos gusta… desde luego sería un placer, pero un placer estéril, además de muy caro en términos de convivencia.

“La gran butifarra” (La Vanguardia, 7 de septiembre de 2017)