GeneralOpinión
  • La verdadera y profunda razón de la necesidad del nacionalismo catalán de hacerse oír de forma provocadora es su debilidad, no su fuerza. La última vez que esta fuerza no se midió en decibelios, sino en votos emitidos, se vio que los partidos que apoyan la independencia no llegaron al 50 por ciento
  • Las encuestas dicen que si, en lugar de un referéndum «Independencia sí» / «independencia no» apareciera una tercera opción, la federal, ésta podría recoger la mayor parte de votos. Aquí, por supuesto, habría que abrir una discusión sobre por qué este camino no se ha recorrido

(Artículo del diplomático italiano Roberto Toscano aparecido en la portada del diario La Repubblica el 27 de Agosto de 2017. Traducción de Francesc Trillas)

«No tinc por», no tengo miedo. Esta ha sido la reacción fuerte y coral de una gran ciudad herida, pero que no se deja abatir, y sobre todo no reacciona con odio y xenofobia. De hecho, incluso en este trágico momento confirma su auténtica naturaleza irrenunciable, de comunidad no sólo multicultural, sino también intercultural, en su diálogo vivo y vital entre las diversidades, tanto la de sus residentes como de los millones de visitantes extranjeros.

Exactamente por esta razón, es difícil de entender, es contradictorio y es especialmente triste que en la hermosa manifestación de ayer, con medio millón de personas que demostraron una extraordinaria firmeza y una falta ejemplar de pánico y de histeria, se hayan tenido que escuchar silbidos contra el rey y contra el primer ministro, que venían a mostrar su solidaridad con Barcelona y Cataluña por la herida ocasionada con la carrera asesina de esta furgoneta blanca en la Rambla.

Evidentemente, el nacionalismo catalán no quería dejar escapar la oportunidad de dar una señal de su propia presencia y peso. Es fácil hacerse un lugar con cientos de miles de participantes. Es poco probable que los «silbadores» fueran la mayoría de los presentes, pero los titulares de los periódicos estaban asegurados, y, por lo tanto, se trasladaba el discurso haciendo sombra a muchos otros hechos, mucho más sustantivos.

¿Cómo cuáles? En primer lugar, la gran solidaridad de un país entero, precisamente la que representa la presencia del jefe de estado y de la cabeza del gobierno. No sólo eso, sino también la confirmación de una «excepción española,» la de una sociedad que – a diferencia de otras – no cae en la provocación terrorista y no responde con ráfagas de racismo en general y de islamofobia en particular.

Así fue en 2004, cuando las casi 200 personas que murieron en la estación de Atocha, víctimas de un pelotón de terroristas de origen marroquí, no provocaron una reacción contra los musulmanes. Y tampoco hoy, después de Barcelona. Por supuesto, no faltan las voces estridentes en Internet que piden venganza y rechazo de los musulmanes, pero – y aquí está la diferencia entre España y entre otros, Italia- no hay partidos políticos que recojan estos estados de ánimo pestilentes para extraer una plataforma ideológica y una herramienta de recopilación de consensos.

Pero la verdadera y profunda razón de la necesidad del nacionalismo catalán de hacerse oír de forma provocadora es su debilidad, no su fuerza. La última vez que esta fuerza no se midió en decibelios, sino en votos emitidos, se vio que los partidos que apoyan la independencia no llegan al 50 por ciento. Pero incluso si se llegara a un 51 por ciento, ¿en realidad alguna persona podría pensar que algo tan importante, capaz de afectar a los intereses y el futuro no sólo de los catalanes, sino de todos los españoles, se puede legitimar con una mayoría que ni siquiera sería suficiente para el cambio del actual Estatuto de autonomía de Cataluña en España?

Los catalanes, todos tienen su fuerte sentido de identidad cultural, pero las encuestas dicen que si, en lugar de un referéndum «Independencia sí» / «independencia no» apareciera una tercera opción, la federal, esta podría recoger la mayor parte de votos. Aquí, por supuesto, hay que abrir una discusión sobre por qué este camino – que puede salvar el estado español actual y reconocer la identidad catalana más allá de la gran autonomía actual – no se ha recorrido.

Y también habría que añadir que la responsabilidad de la crisis actual no es sólo del aventurismo de una clase dirigente conservadora (el «pujolismo»), que blande la bandera catalana para hacer olvidar que está implicada en gravísimos casos de corrupción (el nacionalismo como el último refugio de los canallas, para utilizar una frase famosa), ahora apoyado por una extrema izquierda que ha caído en su trampa.

El inmovilismo conservador y obtuso de la derecha española, hoy en el gobierno, ha cerrado el paso precisamente a esas vías que podrían fundamentar la cuestión catalán en el diálogo y el pluralismo. Y los propios socialistas, que también había formulado por primera vez la propuesta federal, no han tenido el coraje de perseguirla vigorosamente y consistentemente, frenados por una herencia centralista.

Pero no nos dejemos impresionar excesivamente por estos silbidos. España saldrá, seguro que lo hará.