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“El concepto “democracia”, como poder que pertenece al pueblo, no puede existir a escala europea, porque no hay un pueblo europeo. Hoy la palabra democracia pertenece a los ciudadanos y si queremos que nuestro ciudadanos sean soberanos hay que pasar del soberanismo al internacionalismo”

“El próximo 25 de marzo, coincidiendo con los 60 años de la firma del tratado de Roma, hemos convocado una gran marcha a escala europea en la capital italiana”

(por Peru Erroteta, El Triangle,  nº 1240)

El pasado 17 de noviembre, se presentó en Barcelona el “Manifiesto de Ventotene”, que acaba de ser traducido por el profesor de Filología, Marcello Belotti y editado por “Ediciones La Lluvia”. Intervino en el acto Pier Virgilio Dastoli, mano derecha de Spinelli y actual Presidente del Consejo Italiano del Movimiento Europeo.

¿Qué es el “Manifiesto de Ventotene”?

En 1941, casi toda Europa estaba ocupada por el Ejército nazi-fascista. En la isla de Ventotene, en el Mediterráneo, fueron desterrados 800 antifascistas (comunistas, socialistas, liberales, anarquistas…) y entre ellos se encontraba Altiero Spinelli, un dirigente de las juventudes comunistas. Detenido por la policía de Mussolini en 1927, fue condenado a 16 años y ocho meses de cárcel por actividades antifascistas. Spinelli era un gramsciano. Con él se encontraban Ernesto Rossi, un economista socialista, muy ligado a Luigi Einaudi, que más tarde fue Presidente de la República, y Eugenio Colorni, un socialista judío. Estos tres personajes, de culturas diversas, aprovecharon su reclusión para reflexionar a fondo sobre el futuro de Europa.

¿A qué conclusiones llegaron?

La primera de ellas era que la guerra no era consecuencia tanto de un desencuentro económico o político sino, sobre todo, de la división de Europa en Estados nacionales y del principio de soberanía absoluta. En consecuencia, el único modo de evitar que después de la guerra volviéramos a caer en lo mismo era acabar con la división de Europa en Estados-Nación. La segunda consideración era que tras la guerra la democracia seguiría amenazada sino se abolían los Estados nacionales, porque los conflictos podrían derivar en enfrentamientos armados. La tercera cuestión, era que para realizar una Europa diversa, era necesario desencadenar un gran movimiento político de carácter federalista.

¿Qué impidió que cuajara esta propuesta?

La causa principal de que tal cosa no ocurriera es que el marco de los partidos políticos tradicionales (socialistas, comunistas, democristianos, liberales) seguía siendo nacional. Cuando estos partidos retornaron al poder, encontraron normal seguir mediatizados por el Estado nacional. Sin embargo, en su origen, las grandes culturas que dieron origen a estos partidos no eran nacionalistas. Los católicos eran universalistas, los liberales cosmopolitas y los socialistas internacionalistas. Luego perdieron esta dimensión más allá de las fronteras, haciéndose nacionalistas. Cuando retornó la democracia, se impuso la idea de reconstituir los Estados nacionales.

¿Por qué esto se enquista?

Por dos razones principales. La primera porque ningún gran líder político europeo fue capaz de plantear la batalla federalista. Todos los jefes de gobierno, salvo quizá De Gasperi, orillaron el asunto. La segunda, es que el movimiento federalista, planteado en 1943, no fue suficientemente fuerte para lograr un consenso de la clase política en el poder.

¿En eso seguimos?

Claro. Y, además, se ha debilitado o ha desaparecido el consenso ciudadano sobre el proyecto europeo. Durante muchos años, la mayoría de los ciudadanos europeos pensó que Europa era la solución principal a sus problemas. Sin embargo, muchos ciudadanos piensan hoy que Europa no es la solución, sino el problema. Entonces, no basta con preguntarles a los ciudadanos si quieren una federación europea. Lo que hay que decirles es que Europa puede resolver sus problemas. Y, al revés de lo que proponía Spinelli (primero la Federación y luego el consenso ciudadano para resolver los problemas) hoy se trata primero de conquistar el consenso ciudadano y luego lanzar a batalla de la Federación.

¿Pero, el nacionalismo vuelve?

Si. Por eso hay que relanzar un gran movimiento explicando a los ciudadanos que los grandes problemas que tenemos solo pueden ser resueltos a escala europea. El terrorismo, la criminalidad organizada, la inmigración, el cambio climático, la situación de los jóvenes, la competitividad de la industria europea… son cosas que en un mundo globalizado resolvemos conjuntamente o no se resuelven. Hay que explicar a los ciudadanos cual es el coste de la no Europa. Necesitamos más Europa y no menos Europa. Por eso debemos lanzar un gran movimiento de opinión, muy vinculado a la sociedad civil (pacifistas, ecologistas, defensores de los derechos, de los emigrantes, jóvenes…) para construir una plataforma que convenza a los partidos. Los gobiernos nacionales tienen sus intereses y están condicionados solo por las opiniones públicas nacionales. Nosotros debemos construir una opinión pública europea.

¿Cosa que conlleva un cambio de modelo social?

Muchas fuerzas de izquierda en Europa, ante la crisis europea y las políticas de austeridad, han creído que resolver la crisis y los problemas de los trabajadores conlleva retornar a los Estados nacionales. Los partidos socialdemócratas piensan que como una parte de la opinión pública vira hacia el nacionalismo (Le Pen, etc.) para ganar las elecciones tienen que utilizar sus slogans y apuntarse a las tesis políticas de los partidos nacionalistas. En Italia, Renzzi, ha decido quitar del palacio de gobierno la bandera europea, y dejar solo la bandera italiana. François Hollande hace políticas nacionalistas porque piensa que de este modo puede vencer a Le Pen. Y la gente no se cree esto porque si soy nacionalista no voto por un partido socialdemócrata, sino por un verdadero partido nacionalista. Los partidos socialistas y de la izquierda radical deben entender que para vencer hay que plantear la alternativa federalista. Además, para ganar no basta la izquierda. Estamos en sociedades en las que la mayoría de los ciudadanos son moderados y hasta conservadores. Hay que conquistar al electorado moderado, en el que muchos empresarios inteligentes han entendido que sus problemas solo pueden resolverse en una perspectiva europea.

¿Y también de ejercicio de la democracia?

Habermas dice que el poder está en manos de los gobiernos. Y así es. En estos nueve años de crisis, todas las decisiones las han tomado los gobiernos y no Bruselas. Los jefes de gobierno deciden que hacer, van a Bruselas a explicarlo y consensuarlo y luego vuelven a casa diciendo que Europa nos obliga a hacer esto o lo otro. Así, la culpa es de Bruselas. Formalmente, vivimos en regímenes democráticos, pero en realidad estamos en una situación de “desconstitucionalización” de nuestros países. No basta con la democracia representativa, hace falta una democracia participativa (en la que los ciudadanos deben jugar un rol más importante en la gestión de la sociedad) y de proximidad, con un protagonismo destacado de los territorios y las comunidades locales.

En Cataluña está de moda el soberanismo ¿Qué opina de él?

El concepto de democracia, como poder que pertenece al pueblo, no puede existir a escala europea porque no hay un pueblo europeo. Hoy la palabra democracia pertenece a los ciudadanos y si queremos que nuestro ciudadanos sean soberanos hay que pasar del soberanismo al internacionalismo. Cuando los ciudadanos griegos se expresaron con su voto, se pidió respetar la soberanía popular griega. Un discurso bellísimo: “Respetemos la soberanía popular griega”. Pero también hay que respetar la soberanía popular de los alemanes, que han votado a Merkel, y la de los húngaros, con Orban y la de los polacos, que tienen un gobierno nacionalista. Y por ese camino, si no ponemos en cuestión la soberanía llegamos a la guerra. Porque la soberanía popular griega está en conflicto con la solidaridad popular alemana o húngara, polaca, italiana o francesa. Levantamos muros y cuando vemos que esto no funciona mandamos a las policías de fronteras, que entran en contacto, etc. etc. Y esto nos lleva a la guerra. Inevitablemente, la defensa de la soberanía nacional absoluta -es lo que dice el “Manifiesto de Ventotene”- conduce a la guerra.

¿Qué hacer?

El próximo 25 de marzo, coincidiendo con los 60 años de la firma del tratado de Roma, hemos convocado una gran marcha a escala europea en la capital italiana. En ella pediremos la creación de una renta mínima garantizada europea (en Europa hay 65 millones de pobres); la creación de un servicio civil europeo, para contribuir a luchar contra el paro juvenil y el lanzamiento de un gran plan europeo de ayuda a los países del África subsahariana. Si queremos una Europa democrática debemos organizarla con métodos democráticos. Por eso, nuestra idea es que, recuperada parte del consenso ciudadano, en las próximas elecciones europeas del 2019 tenemos que dar la batalla por una Asamblea Constituyente europea, cuyo único objetivo sea redactar una Constitución europea.