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El declive del Estado nación

Tras décadas de globalización nuestro sistema político se ha vuelto obsoleto; los espasmos de nacionalismo resurgente son signo de su irreversible declive. Por Rana Dasgupta

 

¿Qué está pasando con la política nacional? En EEUU los acontecimientos superan a diario la imaginación de las novelas y comedias del absurdo; la política en el Reino Unido aún muestra pocos signos de recuperación tras la “crisis nerviosa nacional” del Brexit. A Francia “por poco le da un ataque al corazón” en las elecciones del año pasado, pero el diario nacional de más tirada siente que eso no ha alterado mucho la “acelerada descomposición” del sistema político. En la vecina España, El País llega incluso a decir que “el Estado de derecho, el sistema democrático y hasta la economía de mercado están en entredicho”; en Italia “el colapso de la clase dirigente” en las elecciones de marzo ha hecho que se hable hasta de “la llegada de los bárbaros”, como si Roma estuviera cayendo de nuevo. En Alemania, mientras tanto, los neo-fascistas se preparan para ocupar sus puestos como oposición oficial, introduciendo una inestabilidad inquietante en el baluarte de la estabilidad europea.

Pero estas convulsiones en las políticas nacionales no se limitan a Occidente. El agotamiento, la desesperación y la eficiencia cada vez menor de las formas tradicionales son los ejes temáticos de la política en todo el mundo. Por eso las “soluciones” autoritarias contundentes son ahora tan populares: distracción por guerra (Rusia, Turquía); “purificación” etno-religiosa (India, Hungría, Myanmar); la magnificación de los poderes presidenciales y el abandono correspondiente de los derechos civiles y el Estado de derecho (China, Ruanda, Venezuela, Tailandia, Filipinas y muchos más).

¿Qué relación hay entre estas revueltas? Tendemos a considerarlas cada una por separado ya que en la vida política el solipsismo nacional es la norma. En cada país se tiende a culpar a “nuestra” historia, “nuestros” populistas, “nuestros” medios de comunicación, “nuestras” instituciones, “nuestros” pésimos políticos. Y se entiende, claro, dado que los órganos de la conciencia política moderna (la educación pública y los medios de comunicación de masas) surgieron en el siglo XIX de una ideología de destinos nacionales únicos que conquistó el mundo entero. Cuando discutimos sobre “política” nos referimos a lo que pasa dentro de los Estados soberanos; todo lo demás son “asuntos exteriores” o “relaciones internacionales”, incluso en esta era de integración económica y tecnológica. Podemos comprar los mismos productos en cada país del mundo, podemos todos usar Google y Facebook, pero la vida política, curiosamente, está hecha de otra materia y mantiene la antigua fe en las fronteras.

Sí, somos conscientes de que están brotando variedades similares de populismo en muchos países. Se han señalado en varias ocasiones paralelismos en estilo y substancia entre líderes como Donald Trump, Vladimir Putin, Narendra Modi, Viktor Orbán y Recep Tayyip Erdoğan. Da la impresión de que hay algo en el aire, como una misma sensación en diferentes lugares. Pero no es suficiente. Porque no hay coincidencias. Hoy todos los países están encajados en un mismo sistema que los somete a todos a las mismas presiones: son éstas las que están comprimiendo y distorsionando la vida política nacional en cada sitio. Y su efecto es el contrario, pese al desesperado patriotismo, al frecuentemente citado “resurgir del Estado nación”.

El desarrollo más trascendental de nuestra era es, precisamente, el declive del Estado nación: su incapacidad para resistir las fuerzas neutralizantes del siglo XXI y su calamitosa pérdida de influencia sobre las circunstancias humanas. La autoridad política nacional está en declive y, dado que no conocemos ninguna otra, parece el fin del mundo. Por eso está tan extensamente en boga este extraño tipo de nacionalismo apocalíptico. Pero el atractivo actual del machismo como estilo político, la construcción de muros y la xenofobia, la mitología y las teorías raciales, las fantasiosas promesas de restauración nacional… esto no son curas sino síntomas de lo que se está empezando a revelar: en todas partes los Estados nación se hallan en un avanzado estado de deterioro político y moral del que no pueden salir individualmente.

¿Por qué ocurre esto? En resumen, las estructuras políticas del siglo XX se están hundiendo en un océano del siglo XXI de economía desregulada, tecnología autónoma, militancia religiosa y rivalidad entre grandes poderes. Mientras tanto, están empezando a emerger las consecuencias reprimidas de las imprudencias del siglo XX en el mundo antaño colonizado, rompiendo las naciones en pedazos y forzando a las poblaciones a solidaridades postnacionales: milicias tribales errantes, subestados y superestados étnicos y religiosos. Finalmente, la demolición de los viejos superpoderes vinculados a los antiguos ideales de una sociedad internacional (ideales de la “sociedad de naciones” que fueron esenciales en la forma de concebir el nuevo orden mundial después de 1918) ha convertido el sistema del Estado nación en un mundo sin ley. Esto está provocando ahora una reacción nihilista violenta de los más aterrorizados y expoliados.

¿El resultado? Para un número creciente de gente, las naciones y el sistema del que forman parte parecen ahora incapaces de ofrecer un futuro plausible, viable. Esto es así particularmente cuando se ve a las élites financieras (y sus riquezas) evitando cada vez más las lealtades nacionales. El fracaso actual de la autoridad política nacional, después de todo, deriva en gran parte de la pérdida de control de los flujos monetarios. En el plano más obvio, el dinero se transfiere generalmente fuera del espacio nacional, a florecientes paraísos fiscales. Estos trillones fugados socavan las comunidades nacionales de forma simbólica y real. Son la causa del declive nacional pero también su resultado, dado que los Estados nación han perdido su aura moral, que es una de las razones por las que la evasión fiscal se ha convertido en un fundamento aceptado del comercio en el siglo XXI.

Más drásticamente, grandes cantidades de gente se están quedando sin siquiera la apariencia de una patria y se ven abocados a un particular infierno contemporáneo. Siete años después de la caída de la dictadura de Gaddafi, Libia está controlada por dos gobiernos rivales, cada uno con su propio parlamento, y por varios grupos paramilitares que luchan por controlar la riqueza del petróleo. Pero Libia sólo es uno de los muchos países que únicamente aparecen enteros en los mapas. Desde 1989 apenas un 5% de las guerras del mundo se han dado entre países: los colapsos nacionales, no las invasiones extranjeras, son la causa de la inmensa mayoría de los 9 millones de muertos por guerras en este tiempo. Y, como sabemos por la República Democrática del Congo y Siria, el vacío consiguiente es capaz de absorber armamento de todo el mundo, destruyendo las condiciones de vida y arrojando refugiados conmocionados por todas partes. Nada publicita la crisis del sistema de los Estados nación mejor que sus 65 millones de refugiados, una “nueva normalidad”, mucho mayor que la “vieja emergencia” (en 1945) de 40 millones. La nula disposición incluso a admitir la crisis, mientras tanto, se evidencia en el desprecio por los refugiados que ahora tanto impera en la política del mundo de los ricos.

La crisis no era del todo inevitable. Desde 1945 hemos ido reduciendo activamente el sistema político mundial a una caricatura peligrosa de lo que diseñaron el presidente de los EE UU Woodrow Wilson y muchos otros tras el cataclismo de la I Guerra Mundial, y ahora nos enfrentamos a las consecuencias. Pero no deberíamos pasar directamente a reformarlo: este sistema ha hecho mucho menos de lo que imaginamos, hasta la fecha, por proporcionar seguridad y dignidad humanas (en algunos casos ha sido un fracaso colosal) y hay buenas razones para entender por qué está envejeciendo mucho más rápidamente que los imperios a los que reemplazó.

Incluso si quisiéramos restaurar lo que tuvimos, el momento ya pasó. La razón por la que el Estado nación fue capaz de proporcionar los logros que alcanzó (y que en algunos lugares fueron espectaculares) fue que durante gran parte del siglo XX hubo un auténtico encaje entre política, economía e información y todo ello organizado a escala nacional. Los gobiernos nacionales tenían realmente el poder de dirigir la economía moderna y las energías ideológicas hacia fines humanos, a veces incluso utópicos. Pero esa época se acabó. Tras tantas décadas de globalización, la economía y la información han crecido con éxito más allá autoridad de los gobiernos nacionales. Hoy en día, la distribución planetaria de las riquezas y de los recursos funciona en gran medida sin el control de ningún mecanismo político.

Pero reconocer esto es reconocer el final de la propia política. Y si seguimos pensando que en el sistema administrativo que heredamos de nuestros antepasados no hay lugar para la innovación, nos condenamos a seguir perdiendo la esperanza política y moral durante mucho tiempo. Se ha tardado medio siglo en construir el sistema global del que dependemos todos ahora y está aquí para quedarse. Sin innovación política, el capital global y la tecnología nos gobernarán sin ningún tipo de consulta democrática, de un modo tan natural e indudable como suben de las aguas los océanos.

Si queremos redescubrir un sentido de objetivo político en esta época de economía global, big data (macrodatos), desplazamientos masivos y agitación ecológica, debemos imaginar formas políticas capaces de operar a la misma escala. El sistema político actual se debe complementar con regulaciones financieras globales, ciertamente, y probablemente también con mecanismos políticos transnacionales. Así completaremos esta globalización nuestra, que se mantiene hoy peligrosamente inacabada. Los sistemas económicos y tecnológicos son realmente deslumbrantes, pero para que puedan servir a la comunidad humana deben subordinarse a una infraestructura política igualmente espectacular que aún no hemos ni empezado a concebir.

Se objetará, inevitablemente, que cualquier alternativa al sistema del Estado nación es una imposibilidad utópica. Pero incluso los logros tecnológicos de las últimas décadas parecían inverosímiles antes de que se produjeran, y hay buenas razones para sospechar de las autoridades correspondientes que nos dicen que los seres humanos son incapaces de tal grandeza en el ámbito político. De hecho, ha habido muchos momentos de la historia en los que la política se expandió de repente a una escala antes inconcebible, incluida la creación misma del Estado nación. Y, como parece más claro cada día, el engaño real es creer que las cosas pueden seguir como están.

El primer paso será dejar de pretender que no hay alternativa. Así que empecemos por considerar la escala de la crisis actual.

Comencemos por Occidente. Por supuesto, Europa inventó el Estado nación: el principio de soberanía territorial fue acordado en el tratado de Westfalia en 1648. El tratado dificultaba las grandes conquistas dentro del continente; en su lugar, las naciones europeas se expandieron hacia el resto del mundo. Los dividendos del expolio colonial, a su llegada a la metrópoli, generaron fuertes estados con burocracias poderosas y políticas democráticas: el modelo de vida moderna europea.

A finales del siglo XIX las naciones europeas habían adquirido rasgos uniformes, aún reconocibles hoy: en particular, un grupo de monopolios ferozmente impuestos por el Estado (defensa, impuestos y leyes, entre otros), que daba a los gobiernos el control del destino nacional. A cambio se prometió a todo el mundo el desarrollo espiritual y material: para los ciudadanos y para las naciones por igual. Surgieron proyectos estatales espectaculares en los campos de educación, sanidad, bienestar y cultura para cumplir esa promesa.

El abandono de esta promesa moral a lo largo de las últimas cuatro décadas ha sido un acontecimiento metafísico demoledor en Occidente y ha dejado a mucha gente buscando nuevas cosas en las que creer. La promesa fue un acontecimiento primordial en la evolución de la psique occidental. Era parte de una profunda reorganización teológica: la Revolución Francesa destronó no sólo al monarca, sino también a Dios, cuyos atributos superlativos (omnisciencia y omnipotencia) fueron asumidos por las instituciones del Estado mismo. El poder del Estado para desarrollar, liberar y redimir a la humanidad se convirtió en el fundamento de la fe secular.

Durante el período de descolonización posterior a la II Guerra Mundial, la estructura europea de Estados nación se exportó a todas partes. Pero los occidentales seguían sintiendo esa promesa moral con una intensidad propia; más que nunca, de hecho, después de la creación del Estado del bienestar y de décadas de un crecimiento de posguerra sin precedentes. La nostalgia de esa edad dorada de los Estados nación sigue deformando el debate político occidental hasta la fecha, pero se construyó en una improbable coincidencia de condiciones que nunca se repetirá. Muy significativa fue la estructura del propio Estado de posguerra, que poseía un nivel de control históricamente único sobre la economía doméstica. El capital no podía fluir sin control por las fronteras y la especulación sobre la divisa extranjera era nimia en comparación a la de hoy en día. Los gobiernos, en otras palabras, tenían un control considerable sobre los flujos monetarios y si hablaban de cambiar cosas era porque realmente podían. El hecho de que el capital estuviera cautivo significaba que los gobiernos podían imponer tasas históricas que, en una era de crecimiento económico récord, les permitió canalizar energías sin precedentes hacia el desarrollo nacional. Durante algunas décadas el poder estatal fue monumental, casi divino, y creó las sociedades capitalistas más seguras e igualitarias que jamás se hayan conocido.

La destrucción de la autoridad del Estado sobre el capital ha sido por supuesto el objetivo explícito de la revolución económica que define la era presente. Como resultado, los Estados se han visto forzados a recortar los compromisos sociales para reinventarse como guardianes del mercado. Esto ha reducido drásticamente la autoridad de la política nacional, tanto de forma real como simbólica. Barack Obama en 2013 llamó a la desigualdad “el desafío que define nuestro tiempo”, pero la de los EEUU ha crecido constantemente desde 1980 sin tener en cuenta sus recelos o los de cualquier otro presidente.

La imagen es la misma en todo Occidente: el patrimonio de los más ricos sigue creciendo desmesuradamente mientras la austeridad postcrisis mutila el Estado del bienestar socialdemócrata. Todos podemos ver cómo crece la rabia hacia los gobiernos que se niegan a cumplir su vieja promesa moral, pero es más que probable que ya no puedan hacerlo. Los gobiernos occidentales no tienen el control que un día tuvieron sobre la vida económica nacional y si siguen prometiendo cambios fundamentales, ahora lo hacen en el plano de las relaciones públicas y para satisfacer deseos.

Hay razones más que suficientes para creer que el siguiente paso de la revolución tecno-económica será aún más desastroso para la autoridad política. Surgirá como continuación natural de los procesos tecnológicos existentes, que prometen nuevas formas algorítmicas de gobierno, para debilitar aún más la diversidad política. Las compañías de big data (Google, Facebook, etc.) ya han asumido muchas funciones antes asociadas al Estado, desde la cartografía hasta la vigilancia. Ahora son los principales guardianes de la realidad social: ser miembro de estos sistemas proporciona una nueva forma de ciudadanía desterritorializada y corporativa, por completo antagónica a la nacional. Y como muestra el crecimiento de las divisas digitales, las nuevas tecnologías se alzarán para reemplazar las otras funciones fundamentales del Estado nación. El sueño libertario (en el que las burocracias antiguas sucumben a sistemas corporativos tecnológicos inmaculados que pasan a encargarse de todas las vidas y los recursos) es una visión más probable del futuro que cualquier fantasía de retorno a la democracia social.

Gobiernos controlados por fuerzas externas y que sólo tienen una influencia parcial sobre los asuntos nacionales: esto siempre ha sido así en los países más pobres del mundo. Pero en Occidente se percibe como un retorno aterrador a la vulnerabilidad primitiva. El ataque a la autoridad política no es un hecho meramente “económico” o “tecnológico”. Es un acontecimiento histórico que deja las poblaciones occidentales destrozadas y desprovistas. Hay brotes de rabia irracional, especialmente contra los inmigrantes, señalados como chivos expiatorios de las formas más profundas de contaminación nacional. La idea de la nación occidental como patria universal se derrumba y las identidades tribales transnacionales crecen como refugio: tanto los defensores de la supremacía de la raza blanca como los islamistas radicales toman las armas contra la contaminación y la corrupción.

Los riesgos no pueden ser mayores. Así es fácil ver por qué los gobiernos occidentales están tan desesperados por demostrar algo de lo que todo el mundo duda: que aún tienen el control. No es solo la personalidad de Donald Trump lo que hace que actúe como un director ejecutivo sociópata. La era de la globalización ha visto intentos constantes por parte de los presidentes de los EE UU de aumentar la autoridad del ejecutivo, pero nunca son suficientes. La oficina de Trump nunca podrá tener el grado de dominio sobre la vida americana que tuvo Kennedy, por lo que se ve obligado a fingirlo. No puede hacer que América sea grande de nuevo, pero tiene Twitter, a través del cual puede establecer un culto a su personalidad de pistolero solitario, culpando a las mujeres, a los izquierdistas y a la gente de color de la impotencia del Estado. No puede curar las divisiones sociales de América, pero aún controla el aparato de seguridad, que puede ser utilizado para ayudarle a parecer “duro” declarando la guerra al crimen, deportando a extranjeros o reforzando las fronteras. No puede poner más dinero en manos de los pobres que votaron por él, pero a cambio puede repartir divisas mitológicas; incluso sus votantes más pobres, después de todo, tienen un bien significativo, la nacionalidad estadounidense, cuyo valor puede “ensalzar” como hizo antes con casinos y hoteles. Como Putin u Orbán, Trump   otorga a la ciudadanía un nuevo poder marcial y monta un gran espectáculo cuando se la niega a gente que la quiere: lo que es escaso, obviamente, es más valioso. Los ciudadanos que no tienen nada se convencen de que tienen mucho.

stas estrategias son feas, pero no se puede culpar de ellas a unos cuantos malos actores. El problema es éste: la autoridad política sigue en funcionamiento pero no le queda energía y los líderes son incapaces de proporcionar cambios materiales significativos. En lugar de eso, deben despertar y desplegar sentimientos intensos: odio a los extranjeros y a los enemigos internos, por ejemplo, o euforia por hazañas militares irrelevantes (la anexión de Crimea de Putin suscitó la posibilidad muy popular de un renacimiento general zarista).

Pero no imaginemos que estas estrategias caerán por su propio engaño a medida que la moderación se vuelva a poner de moda por arte de magia. Como la Rusia de Putin ha demostrado, el chovinismo es más efectivo de lo que queremos creer. En parte porque los ciudadanos están desesperados por que el engaño sea un éxito: en el fondo, saben que deben tener miedo a lo que pase si queda en evidencia que el poder del Estado es un fraude.

En los países más pobres del mundo el panorama es diferente. Casi todas esas naciones surgieron de los imperios euroasiáticos en el siglo XX. Ahora es de rigor despreciar a los imperios, pero han sido el modo “normal” de gobierno durante gran parte de la historia. El Imperio Otomano, que duró desde 1300 hasta 1922, proporcionó niveles de tranquilidad y logros culturales que parecen increíbles desde la perspectiva de la fractura actual de Oriente Medio. La nación moderna de Siria no parece que vaya a durar más de un siglo sin romperse, y apenas proporciona seguridad o estabilidad a sus ciudadanos.

Los imperios no eran democráticos, pero se construyeron para incluir a todo aquél que quedara  bajo su gobierno. No ocurre lo mismo con las naciones, basadas en la distinción fundamental entre quién está dentro y quién está fuera, y por eso albergan una tendencia a la pureza étnica. Esto las hace mucho más inestables que los imperios, ya que los demagogos identitarios  pueden avivar esa tendencia.

Sin embargo, en el siglo pasado se decidió con gran celeridad que los imperios pertenecen al pasado y el futuro es de los Estados nación. Pero esta transformación revolucionaria no ha hecho casi nada por cerrar la brecha económica entre colonizados y colonizadores, aunque sí ha sometido a muchas poblaciones postcoloniales a un amargo cóctel de autoritarismo, limpieza étnica, guerra, corrupción y destrucción ecológica.

Si hay tan pocas ex-colonias que sean pacíficas, prósperas y democráticas no es, como finge Occidente a menudo, porque los “malos líderes” de alguna forma arruinaran naciones que venían siendo perfectamente funcionales. En el vertiginoso paso de la descolonización, las naciones se crearon a la carrera en meses; a menudo las poblaciones, alarmadas, caían inmediatamente en un conflicto violento por el control del nuevo aparato de Estado y del poder y la riqueza que lo acompaña. Muchos Estados recién nacidos se mantenían unidos sólo mediante dictadores que encomendaban el sistema a sus propias tribus o clanes, conservaban el poder avivando rivalidades sectarias y convertían las diferencias religiosas o étnicas en ejes muy cargados de terror político.

La lista no es corta, con hombres como Ne Win (Myanmar), Hissène Habré (Chad), Hosni Mubarak (Egipto), Mengistu Haile Mariam (Etiopía), Ahmed Sékou Touré (Guinea), Muhammad Suharto (Indonesia), el Shah de Iran, Saddam Hussein (Iraq), Muammar Gaddafi (Libia), Moussa Traoré (Mali), General Zia-ul-Haq (Pakistan), Ferdinand Marcos (Filipinas), los reyes de Arabia Saudí, Siaka Stevens (Sierra Leona), Mohamed Siad Barre (Somalia), Jaafar Nimeiri (Sudan), Hafez al-Assad (Siria), Idi Amin (Uganda), Mobutu Sese Seko (Zaire) o Robert Mugabe (Zimbabue).

Estos países fueron condenados generalmente a seguir siendo lo que un comentarista influyente llamó “cuasi-estados”. Formalmente equivalentes a las naciones más viejas con las que ahora comparten el escenario, fueron en realidad entidades muy diferentes y no se puede esperar que proporcionen beneficios comparables a sus ciudadanos.

Esos dictadores nunca podrían haber mantenido unidos Estados tan incoherentes sin un tremendo apoyo exterior, que fue lo que selló la tapadera de la olla a presión. Los valores post-imperiales eran generosos con los dictadores, claro: con el rechazo moral de la ONU a la dominación extranjera llegó también el imperativo universal de respetar la soberanía nacional, independientemente de los horrores que ocurrieran de puertas adentro. Pero la guerra fría hizo crecer enormemente los recursos disponibles para que los regímenes brutales se defendieran de revoluciones y secesiones. Los dos superpoderes financiaron la escalada de los conflictos post-coloniales hasta niveles estupefacientes de fatalidad: al menos 15 millones de personas murieron en las guerras por el poder del período en escenarios tan dispersos como Afganistán, Corea, El Salvador, Angola y Sudán. Y lo que los superpoderes buscaban sacar de toda esta destrucción era una red de clientes, instalados y firmes, capaces de derrotar a todos los rivales internos.

No había nada estable en esa “estabilidad” de la guerra fría, pero la destrucción se mantenía dentro de las fronteras de los Estados representantes. La ruptura del sistema de superpoderes, sin embargo, ha llevado a la implosión de la autoridad estatal a lo largo de grandes grupos de países económica y políticamente empobrecidos, y las erupciones resultantes no están para nada contenidas. La destrucción de la cultura política ha dado lugar a alarmantes fuerzas “post-nacionales” como el Estado Islámico, que cruza las fronteras nacionales y contagia el caos, potencialmente, a cada rincón del mundo.

Durante los últimos 20 años, el deterioro de África y Oriente Medio tras la guerra fría ha sido aprovechado intensamente por este tipo de fuerzas, cuya posición está alineada con la oportunidad, ya que hay más países en la misma vía de Yemen, Sudán del Sur, Siria y Somalia. Sus seguidores han perdido el entusiasmo por los viejos eslóganes de construcción de la nación. Su tecnología política es la religión carismática y el futuro que buscan se inspira en los antiguos imperios dorados que existieron antes de la invención de las naciones. Los grupos religiosos militantes en África y Oriente Medio están menos comprometidos con el antiguo proyecto de apoderarse del aparato de Estado. En lugar de eso, socavan y horadan la autoridad del Estado y así juntan redes transnacionales de recaudación de impuestos, rutas de comercio y líneas de abastecimiento militar.

Tal red se extiende hoy desde Mauritania, en el oeste, hasta Yemen, en el este, y desde Kenia y Somalia, en el sur, hasta Argelia y Siria, en el norte. Esto carcome la vieja arquitectura política desde dentro, haciendo que varios Estados nación (como Mali y la República Centroafricana) sean no funcionales, lo que a su vez crea más oportunidades para expandirse y consolidarse. Varios grupos étnicos, mientras tanto, como los kurdos y los tuareg, que fueron despojados de patria tras la descolonización y se han quedado varados como minoría perseguida desde entonces, también han explotado las grietas de la autoridad estatal para juntar los inicios de territorios transnacionales. Es en las regiones más peligrosas del mundo donde se imaginan las nuevas posibilidades políticas.

El compromiso de Occidente con los Estados nación ha sido parcial de forma interesada. Durante muchas décadas se dio por satisfecho viendo cómo grandes zonas del mundo sufrían bajo parodias aterradoras de los Estados occidentales bien establecidos; no se puede quejar de que estas zonas tengan ahora poca lealtad a la idea del Estado nación. Particularmente dado que también se han llevado las consecuencias más traumáticas del cambio climático, un fenómeno del que fueron los menos responsables y también los que menos preparados están para soportarlo. El cálculo estratégico de los nuevos grupos militantes en la región es bastante preciso: la transición de imperio a Estados nación independientes ha sido un fracaso masivo e incesante y, tras tres generaciones, tiene que haber una salida.

Pero no hay ninguna posibilidad de que al-Shabaab, el Janjaweed, Boko Haram, Ansar Dine, Isis o al-Qaeda sean quienes vayan a proporcionar esa salida. La situación requiere nuevas ideas de organización política y redistribución económica global. No hay superpoder suficientemente grande, ya no, que pueda contener los efectos de “cuasi-estados” explotando. El alambre de espinos y las fronteras endurecidas no serán suficientes para mantener a raya esas catástrofes humanas.

Volvamos a la naturaleza del sistema del Estado nación en sí mismo. El orden internacional como lo conocemos no es tan viejo. El Estado nación se convirtió en modelo universal para la organización política humana sólo tras la I Guerra Mundial, cuando un nuevo principio, “la libre determinación nacional” como la llamó el presidente de los EE UU Woodrow Wilson, enterró todas las otras propuestas a debate. Hoy, tras un siglo de lúgubres “relaciones internacionales”, el único aspecto del principio que aún recordamos es el que nos resulta más familiar: la independencia nacional. Pero el programa original de Wilson, formado por una coalición poco definida que incluía visionarios tan variados como Andrew Carnegie y Leonard Woolf (marido de Virginia), tenía como objetivo algo mucho más ambicioso: una democracia intra-estatal completa, diseñada para asegurar la cooperación , la paz y la justicia globales.

Después de todo, si las naciones mismas no estuvieran sujetas a ninguna ley, ¿cómo podrían los seres humanos vivir con seguridad en sus nuevas naciones? El nuevo orden de naciones sólo tenía sentido si éstas se integraban en una “sociedad de naciones”, una sociedad global formal con sus propias instituciones universales, con poder para vigilar la violencia que los Estados individuales no podrían regular por sí solos: la violencia que perpetraban ellos mismos, bien contra otros Estados o contra sus propios ciudadanos.

La guerra fría definitivamente enterró esta “sociedad” y hemos vivido desde entonces con una versión dramáticamente degradada de lo que se pretendió. Durante ese período ambos superpoderes destruyeron activamente cualquier restricción en acciones internacionales, manteniendo un nivel de anarquía digno del “reparto de África”. Sin esas restricciones, su desproporcionado poder producía exactamente lo que cabía esperar: gangsterismo. El final de la guerra fría no hizo nada por cambiar el comportamiento americano: los EE UU hoy son dependientes de esa anarquía en la sociedad internacional y en la permanente guerra-contra-el-débil que es su consecuencia.

Del mismo modo que un gobierno ilegítimo en una nación no puede durar mucho tiempo sin oposición, el orden internacional ilegítimo con el que hemos convivido durante tantas décadas está agotando rápidamente el consentimiento del que disfrutó anteriormente. En muchas zonas del mundo hoy en día no queda ni la ilusión residual de que este sistema pueda ofrecer un futuro viable. Todo lo que queda es salida. Algunos están apostándolo todo a un pasaporte occidental, que es, dado que el valor supremo de la vida occidental aún está consagrado en el sistema, la garantía única de una protección constitucional significativa. Pero esos pasaportes son difíciles de  adquirir.

Eso deja el otro tipo de salida, que es la de tomar las armas contra el sistema del propio Estado. El atractivo de Isis para sus adeptos fue su reivindicación de eliminar la catástrofe del siglo post-imperial de Oriente Medio. Se recordará que la publicidad más triunfal del grupo se asoció con su penetración de la frontera entre Iraq y Siria: se presentó como una victoria sobre los tratados de 1916 por los que los británicos y los franceses se dividieron el imperio otomano entre ellos (las relaciones públicas de Isis lanzaron en Twitter el hashtag #SykesPicotOver) e inauguraron el siglo del bombardeo mesopotámico. Salió del rechazo totalmente justificable de un sistema que señalaba obstinadamente a los árabes (durante el curso de un siglo y más) como “salvajes” a quienes no se debía extender dignidad o protección alguna.

La época de la libre determinación nacional se ha convertido en la era de la anarquía internacional, que ha mutilado la legitimidad del sistema del Estado nación. Y mientras los grupos revolucionarios intentan destrozar el sistema “desde abajo”, los poderes regionales asertivos lo están destrozando “desde arriba”, infringiendo fronteras nacionales en el patio de sus casas. La correría de Rusia en Ucrania demuestra que ahora hay pocas consecuencias a las bagatelas neo-imperiales, y el camino de China hacia usurpar al 22º país más rico del mundo (Taiwan) sigue abierto. La verdadera extensión de nuestra inseguridad se revelará cuando el poder relativo de los EE UU siga decayendo y ya no pueda hacer nada para controlar el caos que ayudó a crear.

Los tres elementos de la crisis descritos aquí solo irán a peor. Primero, el colapso existencial de los países ricos durante el ataque de las fuerzas globales al poder político nacional. Segundo, la volatilidad de los países y las regiones más pobres, que ahora que se han ido los dictadores de la época de la guerra fría han mostrado su verdadera fragilidad. Y tercero, la ilegitimidad de un “orden internacional” que nunca ha aspirado a ningún tipo de “sociedad de naciones” gobernadas por el Estado de derecho.

Dado que todos brotan de fuerzas transnacionales cuya escala elude el alcance de cualquier política nacional, son mayormente inmunes a las reformas políticas bien intencionadas dentro de las naciones (aunque en los próximos años también veremos muchos ejemplos de ese tipo de reforma). Así que estamos obligados a reexaminar estos fundamentos políticos que envejecen, si no queremos ver el sistema global empujado a formas de colapso cada vez más extremas.

Ésta no es tarea pequeña: se tomará la mayor parte de este siglo. No sabemos aún hacia dónde se dirige. Todo lo que podemos exponer por ahora es un grupo de direcciones. Desde el punto de vista de nuestro presente parecerán imposibles, porque no hemos conocido ninguna otra forma. Pero así es como comienza siempre la novedad radical.

La primera dirección está clara: la regulación económica global. Los grandes motores de la creación de riqueza de hoy en día están distribuidos de forma que eluden los sistemas impositivos nacionales (94% de las reservas de dinero en efectivo de Apple están en paraísos fiscales; estos 250 mil millones de dólares suman más dinero que las reservas externas del gobierno británico y el Banco de Inglaterra), lo cual merma a todos los Estados nación, material y simbólicamente. No hay razón para hacer caso a las partes interesadas que nos dicen que la regulación económica global es imposible: tecnológicamente es una tarea nimia comparada con los espectaculares sistemas que esas mismas partes ya han construido.

La historia del Estado nación es de una innovación fiscal continua y la siguiente innovación de este tipo es transnacional: debemos construir sistemas que rastreen los flujos monetarios transnacionales y transferir una porción de ellos a canales públicos. Sin esto, nuestra infraestructura política se seguirá haciendo más y más superflua en la vida material real. En el proceso, también debemos pensar más seriamente en la redistribución global: no en las ayudas, que son excepcionales, sino en la transferencia sistemática de riquezas de los ricos a los pobres para mejorar la seguridad de todos, como pasa en las sociedades nacionales.

Segunda: democracia flexible global. A medida que las nuevas corrientes políticas locales y transnacionales se hacen más fuertes, el rígido monopolio del Estado nación en la vida política se hace cada vez más inviable. Las naciones deben anidar entre otras estructuras democráticas estables, algunas más grandes, otras más pequeñas que ellas, para que la agitación a escala nacional no lleve a un colapso total. La UE es el mayor experimento en esta dirección y es significativo que el continente que inventó el Estado nación haya sido también el primero en avanzar más allá. La UE ha fracasado en muchas de sus funciones, principalmente porque no ha establecido unos valores verdaderamente democráticos. Pero la libertad de movimiento ha democratizado en gran medida las oportunidades económicas dentro de la UE. Y si se convierte en la “Europa de las regiones”, incluyendo a Cataluña y a Escocia y no sólo a España y el Reino Unido, eso puede ayudar a estabilizar la agitación política nacional.

Necesitamos más experimentos de estos en política global y continental. Los mismos gobiernos nacionales necesitan estar sujetos a una autoridad superior, ya que han demostrado ser las fuerzas más peligrosas en la época del Estado nación, financiando guerras sin fin contra otras naciones mientras oprimían, mataban y también fallaban a sus propias poblaciones. Las minorías nacionales oprimidas deben tener un mecanismo legal al que apelar sobre las cabezas de sus propios gobiernos; esto siempre fue parte de la visión de Wilson y su pérdida ha sido terrible para la humanidad.

Tercera y última: debemos encontrar nuevas concepciones de ciudadanía. La ciudadanía es en si misma la injusticia primordial del mundo. Funciona como forma extrema de propiedad heredada y, como otros sistemas en los que el privilegio heredado es abrumadoramente determinante, no despierta muchas lealtades entre quienes no heredan nada. Muchos países han hecho esfuerzos, mediante políticas de bienestar y educación, para neutralizar las consecuencias de las ventajas accidentales como el nacimiento. Pero las “ventajas accidentales” rigen a nivel global: el 97% de la ciudadanía es heredada, lo que quiere decir que los horizontes esenciales de la vida en este planeta están ya determinados al nacer.

Si naces finlandés, tu protección legal y tus expectativas económicas son tan diferentes de las de un somalí o un sirio que incluso se hace difícil la comprensión mutua. Tu movilidad como finlandés también es muy diferente. Pero en un sistema mundial – más que en un sistema de naciones – no puede haber justificación alguna para esas divergencias tan radicales en la movilidad. Desregular la movilidad humana es el corolario esencial de la desregulación del capital: es injusto mantener la libertad de mover capital fuera de un lugar y a la vez prohibir a la gente que lo siga.

Los sistemas tecnológicos contemporáneos ofrecen modelos para replantear la ciudadanía de forma que se pueda desvincular del territorio y que sus ventajas se puedan distribuir de forma más justa. Los derechos y las oportunidades acumuladas en la ciudadanía de Occidente se podrían reclamar desde lejos, por ejemplo, sin que nadie tuviera que viajar al oeste para hacerlo. Podríamos participar desde la distancia en procesos políticos que nos afectan igualmente: si se supone que la democracia da a los votantes algo de control sobre sus condiciones propias, por ejemplo, ¿no deberían unas elecciones en EE UU implicar a la mayoría de gente de la tierra? ¿Cómo sería el discurso político americano si tuviera que satisfacer a votantes en Iraq o Afganistán?

En la víspera de su centenario, nuestro sistema de Estado nación ya está en una crisis de la que no tiene en estos momentos la capacidad de salir solo. Es el momento de pensar cómo se puede construir esa capacidad. No sabemos aún qué pinta tendrá, pero hemos aprendido mucho de las fases tecnológicas y económicas de la globalización, y ahora tenemos los conceptos básicos para la siguiente fase: construir la política del sistema mundial integrado. Nos vemos cara a cara, claro, con un proyecto de imaginación política tan significativo como el que se produjo con las grandes visiones del siglo XVIII y, con ellas, las repúblicas francesa y americana. Pero ahora estamos en disposición de empezar.

 

Rana Dasgupta es el autor de dos novelas y un retrato de no-ficción de Delhi en el siglo XXI. Su siguiente libro, After Nations, saldrá en 2019.

 

Publicación original:

The demise of the nation state, The guardian 5 de abril de 2018

Traducción: Helena Arroyo